lunes, 18 de febrero de 2008

Villavicencio: Huitotos limitada


Santiago Kuetgaje debe ser uno de los pocos indígenas que se alegran al celebrar el día de la raza. Contrario a lo que piensan muchas comunidades autóctonas, el 12 de octubre representa para él la fecha en que la cultura de su tribu, los huitotos, dejó de ser sólo una referencia en los libros de historia para ser un negocio rentable.
El 12 de marzo de 2003 Santiago y otros 16 indígenas tuvieron que abandonar La Chorrera, Amazonas, esa región a dónde sólo se llega en avión o luego de 15 días en lancha desde Leticia. Las Farc los habían amenazado de muerte luego de acusar a Santiago de promover, a través de la emisora comunitaria que él manejaba, la resistencia pacífica para impedir que los comprometieran con la ideología guerrillera. Tras cinco días de caminata por la selva, Santiago, su familia y otros indígenas viajaron a Bogotá con la esperanza de encontrar en la capital la tranquilidad que la selva no les podía dar.
Una semana después decidieron trasladarse a Villavicencio, porque el frío y su soledad en la ciudad los convencieron de que era mejor estar al lado de los suyos.
Hace dos años comenzaron el proyecto de la maloka Maguare, a 10 minutos de Villavicencio. Tomaron el nombre de los tambores con los que su comunidad transmite los mensajes a los habitantes de La Chorrera. Santiago admite que en esa época renegaba de su cultura y se sentía incómodo por ser indígena. Sin embargo, encontró trabajo como guía turístico en el Bioparque Los Ocarros, a tres kilómetros de Villavicencio.
Allí, comenzó a hacer las paces con sus orígenes y a construir la idea de lo que hoy es la maloka Maguare.
En 2004, con apoyo de Naciones Unidas, Santiago y otros 69 indígenas de la región se capacitaron en ciencias políticas y, gracias a su desempeño, obtuvo un cupo para viajar a Iquitos (Perú) a un encuentro de comunidades indígenas de toda América.
Esa experiencia cambió totalmente su vida.
“Yo era el único que vestía camisa y pantalón. Me sentí como si fuera un blanco en medio de los indígenas”, recuerda.
Santiago regresó a Colombia y comenzó a estudiar las costumbres de los huitotos y se dio cuenta de que, al igual que sus colegas bolivianos, su cultura podía ser algo interesante para mostrar al mundo.
Un año después, en noviembre de 2005, Santiago viajó a Bolivia para otro encuentro indígena y expuso, vestido con su traje ancestral, su proyecto de construir una maloca turística en Villavicencio. La idea fue un éxito y obtuvo los 25.000 dólares que ofrecían para financiar el proyecto.
Hoy, Maguare es una empresa de la que viven 16 indígenas huitotos y a la que diariamente llegan otros para capacitarse en proyectos productivos. Santiago es el gerente, se encarga del mercadeo, las tarifas y los negocios con las empresas de turismo. El sueño de Santiago es que su maloka se convierta en un centro etnoturístico y ecoturístico, como ocurre en el Eje Cafetero, porque él, contrario a lo que piensan otras comunidades de la Orinoquia y la Amazonia, cree que ser indígena sí es buen negocio.

EL CARIBE

Es difícil aproximarse al Caribe sin caer en los estereotipos, sin pensar en las playas, el vallenato, las fiestas, algunos colombianos insignes o el 50 por ciento de uno de los motivos de orgullo nacional: los dos mares. Si bien todo eso es verdad, en el Caribe, además de playas, hay manglares, y aparte del vallenato, existe la música antillana tocada con una carraca de burro en San Andrés.

En el Caribe se formó Gabriel García Márquez, pero por la región también ambulan circos de pueblos, pobres por definición, que parecen sacados de una página del escritor o que, para hacer justicia, se incorporaron en su literatura por derecho propio. Es el lugar en donde queda la Guajira, desértica a pesar de estar rodeada de agua y de ser vecina de la Sierra Nevada de Santa Marta. Esa es la magia del Caribe, un lugar en el que, a pesar de los estereotipos, siempre es posible tener una nueva mirada.

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Maicao: Ramadán en Maicao


Se oye el llamado a la oración. Desde los parlantes del minarete, las torres de la mezquita, salen cánticos que recitan los versos de El Corán. Pronto serán las 7:30 de la noche, hora en que los musulmanes se reúnen diariamente a orar en época del ramadán. A las 6 de la tarde se ha roto el ayuno que empieza a las 4 de madrugada. La tradición es que después de comer se encuentran con los otros miembros de la comunidad para agradecer a Alá. Se dice que la comunidad musulmana de Maicao está integrada por 1.200 personas, unas 260 familias. Son la mitad de los que vivían 10 años atrás. Muchos abandonaron la ciudad por la crisis del comercio.
Desde cuando Maicao tuvo que abandonar la venta de productos de contrabando y convertirse en una economía legal, la situación económica de la población cambió. Muchos quedaron muy mal y tuvieron que irse. Unos a Barranquilla, otros a Bucaramanga, otros a Medellín. “Antes, en Medellín no había casi libaneses, y ahora hay un montón”, cuenta Riad Mohamed Darwishe. “Muchos piensan que somos todos ricos, pero en muchas ocasiones nos tocó ayudar a familias que no tenían cómo darles de comer a sus hijos en la noche”. Casi todos son colombo-árabes y sus hijos son colombianos. Ya van por la tercera generación.
Riad es el presidente de la asociación benéfica islámica. Algunos de sus miembros nos habían recibido esa tarde en la mezquita para contarnos sobre la situación de Maicao. Al vernos llegar a la mezquita Samir, uno de sus integrantes nos ofreció café. “Rafa, tráeme cuatro”, gritó con su acento árabe. Rafa, un moreno costeño, llegó con dos termos, uno con café con azúcar y otro amargo. El café de Rafa no es normal para nuestro paladar, está preparado al estilo árabe. Es oscuro y tiene aroma de cardamomo.
A las 7:30 de la noche los hombres empiezan a subir las escaleras rumbo al salón principal de la mezquita. Las mujeres somos recibidas en una de las puertas de un costado por Riwa, quien va vestida con una túnica negra y una hiyab (pañoleta) morada cubre su cabeza. Saca de un casillero nuestros velos. Nos enseña cómo ponerlos y nos conduce al segundo piso. Poco antes de entrar al salón nos quitamos los zapatos. En el Islam se acostumbra a que las mujeres recen aisladas de los hombres. En esta mezquita el lugar para las mujeres queda en un balcón que da sobre el salón principal. Algo así como el coro de una iglesia. Sin embargo, no están al borde de la baranda. Tres pasos atrás hacen una fila horizontal, al menos de 30 personas. En la primera línea parecen estar las mujeres mayores. En la de atrás están las más jovencitas. En el Islam las madres transmiten a sus hijas las tradiciones de la religión. Ellas se ubican junto a sus chiquitas y las guían en la oración. Las regañan cuando hablan o ríen.
A las 8:30 el Shaej da por terminada la oración. Las mujeres se quedan un rato conversando.

San Diego: El carrusel de gobierno


La historia comenzó en San Diego, norte de Cesar. En 2003 Denis Julio Quintero llegó a la alcaldía en representación del Movimiento de Integración Popular (Mipol), un partido costeño poco conocido. Pero a partir de ahí comenzaron los problemas. En 2005, Quintero pidió vacaciones, y encargó a su secretario de Gobierno, Humberto Jurado Abril. Quintero regresó a su cargo, pero, mientras tanto, tenía que atender problemas con la justicia.
En enero de 2006, la Procuraduría lo suspendió durante un mes por no responder un derecho de petición, y quedó como alcalde encargado Enrique Quiroz Calderón. Tras cumplir la sanción, fue suspendido de nuevo. Líos con la Procuraduría. Quedó encargada una funcionaria de la administración departamental, Fabiola Ávila Caballero, quien a su vez encargó al secretario de Gobierno, José Tobías Becerra. En octubre de 2006, la Procuraduría destituyó del cargo al alcalde Denis Julio Quintero por la apropiación de 8.000 millones de pesos y dejó como encargado al secretario de Planeación de entonces, Juan Pablo Calderón.
En diciembre de 2006, el gobernador de la época, Hernando Molina, escogió a Iván Guerra Martínez para que terminara el período. Aunque Guerra fue escogido de la terna enviada por el directorio municipal del Mipol, el nombramiento fue impugnado y demandado por el partido. Su designación se cayó y quedó como alcalde encargado el secretario de Gobierno del momento, Miguel Ángel Oñate. Finalmente fue designada Shaire Sánchez, también de Mipol y que hoy se enfrenta a la crítica de sus gobernados. Este 28 de octubre los residentes de San Diego escogieron a su nuevo dirigente. Ahora esperan que éste cumpla los cuatro años de mandato.

Atanquez: la voz de la Sierra Nevada


“Hola, son las 12 y un minuto del jueves 20 de septiembre. Están escuchando Tayrona F. M. 90.7, la emisora de la unidad indígena”. El que habla es Walter Ariza. Está sentado frente a su micrófono en la sede de la emisora en Atánquez, Cesar, una de las 12 poblaciones que conforman el cabildo kamkuamo de la zona. A su derecha tiene la pantalla del computador donde tiene abiertas las noticias que leerá durante los 30 minutos de programa. A su izquierda tiene el panel de control que él mismo opera.
La emisora tiene como objetivo ser un puente de unión entre todos los indígenas de la Sierra, especialmente de los 12.000 integrantes de la comunidad kamkuama que han perdido muchas de sus tradiciones, como su lengua y su vestimenta, además de que ha sufrido mucho con la violencia. “Uno de nuestros logros ha sido rescatar la música tradicional y saber que a la gente sí le gusta”, explica Nixon Arias Martínez, coordinador de la emisora. “Fue el tesorero de la organización indígena quien me recomendó, por mi papel de líder de la comunidad”. Para ejercer este cargo hizo un diplomado de comunicación en el Cauca y cursos en la Universidad Javeriana.
La idea de crear Tayrona F. M. nació en 2003, pero sólo empezó a funcionar en diciembre de 2006. Por fallas en el sistema, sólo pudieron estar al aire 15 días. Los equipos se dañaron unos días después del lanzamiento. Estuvieron fuera de servicio hasta julio de este año, cuando los aparatos llegaron de España, donde los arreglaron.
A pesar de los inconvenientes (como en época de lluvia, cuando la luz se va hasta 15 veces en un día), la emisora ha sido un éxito. Por las calles de Atánquez muchos indígenas caminan con su radio en la mano con la Tayrona F. M. sintonizada.
Poblaciones como el Hierro, Atánquez, Guatapurí y Chemesquemena, fueron atacadas por la violencia. Primero fue la guerrilla. “Con la tranquilidad que ve el Ejército y la Policía caminar hoy por la calles, así caminaba la guerrilla en su época”, cuenta uno de los habitantes. Después llegaron los paramilitares que, se dice, mataron a unas 300 personas.
La nueva etapa del proyecto es crear un programa de televisión que se emita todos los días por Telecaribe. Será otro lazo que estrechará las relaciones entre los indígenas de la gran Sierra.

Cabo de la vela: Tarde de tormenta


8:30 de la noche. Hace más de dos horas anocheció y la planta eléctrica de la posada wayú donde vamos a pasar la noche no tardará en apagarse. La hora límite es las 10 de la noche. Dicen que en temporada alta la dejan encendida hasta más tarde. Pero a esta hora el pueblo en su totalidad ya está prácticamente a oscuras.

Nosotros somos los únicos turistas que rondan el Cabo de la Vela por estos días. O, por lo menos, que lo visitan por tierra. Esta mañana amanecieron anclados frente a nuestra posada dos veleros (uno de ellos era un catamarán grande), pero no se les veía bandera alguna. Dicen aquí que, con seguridad, huían de una tormenta, o que necesitaban comprar algunos víveres.

Nunca lo supimos. Poco después de que el sol se alzara en el cielo rojo, ambos veleros encendieron motores y abandonaron la bahía. Los wayú dicen que si los guardacostas los llegan a pillar anclados aquí, les cobran una multa grande. “Es que ellos no pueden entrar así como así a las costas de un país que no es el de ellos”, dijo el capitán Chamorro, director de la Capitanía del Puerto de Puerto Bolívar, cuando fuimos a visitarlo al final de la tarde.
El día pronosticaba lluvias. Antes de las 8 de la mañana, el cielo se había nublado y todo parecía indicar que iba a caer agua todo el día.

Aquí llueve, como mucho, seis días al año, y nosotros fuimos testigos del milagro. Ayer, cuando llegamos, el piso estaba empantanado, no corría brisa y una nube de bichos se amontonaba ante cualquier objeto luminoso. Los aguaceros que han caído en los tres últimos días tienen la región hecha un solo charco. Por más que hubiéramos querido, no habríamos podido llegar hasta los pueblos de la Alta Guajira, como Nazareth. En este momento están incomunicados. Elbita, la dueña de la posada Uta, donde nos alojamos, nos dice que necesitaríamos tres días de sol para que la vía sea transitable.

Se nota que la gente del Cabo no está acostumbrada a los días de agua. Las señoras que se sientan en los enramados de la vía principal a tejer las mochilas, hoy no lo hicieron. Y eso que muchas sostienen a sus familias a punta de venderlas. Parece un pueblo desolado. “Aquí no vive tanta gente, somos como 300 en total”, explica Edlin Hernández, dueño del Mesón Nuevo Mundo. Muchos de los dueños de las casas que están situadas sobre la bahía, cuenta, viven en otras partes de La Guajira y sólo vienen al Cabo para explotar en temporada sus viviendas como posadas turísticas.

Más adentro, ya alejados del mar, en las rancherías, viven unos 1.000 wayús, pero a estos no se les ve, a no ser que se vaya específicamente a buscarlos.
En la bahía, sobre la playa, apenas se ven unas cuantas barcas y unos pocos pescadores. Ninguno comprueba si alguna tortuga cayó atrapada en una de las decenas de redes que dejan en el mar. La pesca de la tortuga está prohibida, pero los wayús siguen haciéndola porque se las pagan muy bien. Hay algunas por las que les podrían dar hasta 800.000 pesos.

Era la mitad de la mañana. Unos 20 niños corrieron hacia nuestro carro cuando lo vieron transitar al borde de la playa. Apenas hablaban español y nos pidieron que los lleváramos a todos hasta la escuela. Estábamos a un kilómetro del poblado, a menos de cinco minutos en carro, a poco menos de 30 minutos caminando. Por la lluvia, el transporte no los recogió y les tocó caminar bajo la llovizna.

Cerca del mediodía, cuando el sol apareció brevemente, llegó una embarcación que había salido de pesca a las 3 de la mañana. Traían seis kilos de pargo y tres de mojarra. El carro de la pesquera, que está ubicada al final de la bahía, los esperaba para comprarles el cargamento. Les pagaron 6.000 por el kilo de pargo, y 3.000 por el de mojarra. Un día regular. Después de descontar lo que habían invertido en la gasolina, las ganancias que dejaba la pesca a cada uno de los cuatro integrantes del grupo no llegaba a 6.000 pesos. Ese pescado lo guardan en cuartos fríos de la pesquera y días después lo llevan a Riohacha.

Por la falta de turistas, y por la lluvia, Jesús Barliza y su sobrino Edlin Hernández no tenían nada qué hacer. El primero estaba acostado en un chinchorro acompañando a su mujer mientras ella cosía una mochila. El segundo jugaba dominó en la puerta de su hotel, uno de los primeros que se abrió en el Cabo de la vela hace más de 20 años. Mientras nosotros buscábamos a la médica de la zona, la piachi (ver recuadro), ellos empujaban las horas con una charla sobre la demolición de las casas junto a la playa.
Faltan cinco para las 10 de la noche. Elbita está trasnochada por mí. Me mira de reojo desde su chinchorro. Este día, en el que llovió torrencialmente pero que terminó con un atardecer hermoso, de un cielo rojo intenso, nos dejó a todos exhaustos.

Albania: El expreso negro


Tras salir de Maicao, el equipo recorrió los municipios cercanos a la mina de El Cerrejón para seguir la ruta que saca el carbón de la zona.