
Santiago Kuetgaje debe ser uno de los pocos indígenas que se alegran al celebrar el día de la raza. Contrario a lo que piensan muchas comunidades autóctonas, el 12 de octubre representa para él la fecha en que la cultura de su tribu, los huitotos, dejó de ser sólo una referencia en los libros de historia para ser un negocio rentable.
El 12 de marzo de 2003 Santiago y otros 16 indígenas tuvieron que abandonar La Chorrera, Amazonas, esa región a dónde sólo se llega en avión o luego de 15 días en lancha desde Leticia. Las Farc los habían amenazado de muerte luego de acusar a Santiago de promover, a través de la emisora comunitaria que él manejaba, la resistencia pacífica para impedir que los comprometieran con la ideología guerrillera. Tras cinco días de caminata por la selva, Santiago, su familia y otros indígenas viajaron a Bogotá con la esperanza de encontrar en la capital la tranquilidad que la selva no les podía dar.
Una semana después decidieron trasladarse a Villavicencio, porque el frío y su soledad en la ciudad los convencieron de que era mejor estar al lado de los suyos.
Hace dos años comenzaron el proyecto de la maloka Maguare, a 10 minutos de Villavicencio. Tomaron el nombre de los tambores con los que su comunidad transmite los mensajes a los habitantes de La Chorrera. Santiago admite que en esa época renegaba de su cultura y se sentía incómodo por ser indígena. Sin embargo, encontró trabajo como guía turístico en el Bioparque Los Ocarros, a tres kilómetros de Villavicencio.
Allí, comenzó a hacer las paces con sus orígenes y a construir la idea de lo que hoy es la maloka Maguare.
En 2004, con apoyo de Naciones Unidas, Santiago y otros 69 indígenas de la región se capacitaron en ciencias políticas y, gracias a su desempeño, obtuvo un cupo para viajar a Iquitos (Perú) a un encuentro de comunidades indígenas de toda América.
Esa experiencia cambió totalmente su vida.
“Yo era el único que vestía camisa y pantalón. Me sentí como si fuera un blanco en medio de los indígenas”, recuerda.
Santiago regresó a Colombia y comenzó a estudiar las costumbres de los huitotos y se dio cuenta de que, al igual que sus colegas bolivianos, su cultura podía ser algo interesante para mostrar al mundo.
Un año después, en noviembre de 2005, Santiago viajó a Bolivia para otro encuentro indígena y expuso, vestido con su traje ancestral, su proyecto de construir una maloca turística en Villavicencio. La idea fue un éxito y obtuvo los 25.000 dólares que ofrecían para financiar el proyecto.
Hoy, Maguare es una empresa de la que viven 16 indígenas huitotos y a la que diariamente llegan otros para capacitarse en proyectos productivos. Santiago es el gerente, se encarga del mercadeo, las tarifas y los negocios con las empresas de turismo. El sueño de Santiago es que su maloka se convierta en un centro etnoturístico y ecoturístico, como ocurre en el Eje Cafetero, porque él, contrario a lo que piensan otras comunidades de la Orinoquia y la Amazonia, cree que ser indígena sí es buen negocio.




